Armand Gatti en ABC, por Manuel de la Fuente

Foto: Armand Gatti, David Villanueva y Natalie Seseña en la presentación de la Antología, el pasado 3 de diciembre.

Armand Gatti «La palabra es el arma de los pobres»

«No estamos hechos para la Historia. Entonces, ¿para qué estamos hechos?», escribe en uno de sus más conmovedores poemas. Pero él intentó que la Historia, al menos, no le pasara por encima. Apenas un adolescente, con diecisiete años se echó al monte para luchar contra los nazis. Apresado, fue condenado a muerte, pero le fue conmutada la pena por ser menor. Desde entonces, y han pasado setenta largos años, el poeta, cineasta y dramaturgo francés Armand Gatti no ha dejado de luchar.

De sus luchas y de sus versos, encendidos, incendiados, da buena cuenta una «Antología» recién editada (bellísimamente, marca de la casa) por Demipage. Podría citar nombres, y nombres (bueno, sí se le escapa un recitado del «Llanto por Ignacio Sánchez Mejías»), sin embargo este viejo león libertario (una chapa con el retrato de Buenaventura Durruti en su solapa) prefiere reconocer influencias más sencillas: «Mi gran influencia han sido mis orígenes, mi padre barrendero y mi madre criada, la pobreza, algo que ya empecé a sentir en el vientre mismo de mi madre. Y, además de eso, todo lo que tiene que ver con España y con la Guerra Civil. Durante toda mi vida ha sido una obsesión, el sufrimiento del pueblo español me marcó para siempre y me sigue marcando, aquella imagen de una barricada levantada con libros».

La patria de su infancia

Desde los lejanos tiempos del maquis, Gatti viaja «siempre con mis muertos», los compañeros perdidos, aquel París donde «las emisoras de radio aullaban en todos los pisos», exiliado («Siempre he sido un extranjero») de la patria de su infancia, una infancia «donde mis padres luchaban y luchaban por tener una vida mejor, donde los patrones eran lo peor del mundo, donde mis amigos eran sus perros y sus gatos, donde la literatura y el arte brillaban por su ausencia».

Pero Gatti no se echó atrás. Empezó a leer libros que robaba, con la silenciosa complicidad de su madre, y en ellos aprendió que «un libro es un lenguaje de un país, pero también el lenguaje de un país es el de sus patrones», aunque él escriba y crea que «vivimos atrapados por una inteligencia superior, la del Universo y eso nos hace incapaces de comprender absolutamente nada, y nuestra única respuesta es la palabra, la poesía. La palabra es el arma de los pobres y es la única forma de cambiar el mundo». Al fin y al cabo, no hay que darle más vueltas, ni a la vida ni a la poesía, porque, tal y como escribe Armand Gatti en esta antología: «Todos hemos nacido de la agonía de una estrella».

Manuel de la Fuente.

ABC
03-12-2009

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