BLOG DE LA MEDIAPÁGINA

Lunes 28 Junio 2010
Hace dos semanas José María Romera dedicó su Ventana sabatina en DN a este libro de quien se encarama a la misma columna los domingos. No es fácil hablar de un libro después de JMR, profesor de Literatura, lector avezado y pluma sutil, condiciones que no tienen por qué coincidir en una firma, como el diploma en Geografía no garantiza sensibilidad paisajística.

Este libro es un texto autobiográfico, fechado en Zuasti, de mayo a diciembre de 2009, tranco que suma más de los 169 días en que se divide el texto, agrupados –sin fechas– en catorce capítulos, de nueve jornadas a partir del quinto y, por tanto, más amplios los cuatro primeros. El autor padece severos problemas nefríticos, posteriores a un trasplante, y quema muchas horas en sesiones clínicas de diálisis y en una gincama de especialidades médicas que le han llevado a ser «un jubilado de cuarenta y tres años».

El paciente, profesor universitario y escritor, despliega notable bagaje de lecturas, que rebasa de largo la cincuentena de autores y testan la calidad exigente del lector: de Ian McEvan a Susan Sontag, aparecen Faulkner, Defoe, Italo Calvino, Rilke, Stendhal, Proust, Valle-Inclán, Nietzsche, Bolaño, Mishima, Camus, Yankélévitch –que aparece sin tildes–, Don Winslow, Javier Arbea, Jiménez Lozano, Santa Teresa, DeLillo, Susan Faludi, la pareja Fitzgerald, W.Ospina y su «Ursúa», Paul Celan, Borges, Kafka, y a la cabeza de todos un trío: Juan Carlos Onetti, Thomas Bernhard y Malcolm Lowry, más la conmoción de «Herzog», de S.Bellow. En la nómina de patógrafos literarios, tras los quizás inevitables Bocaccio, Chaucer, Montaigne, Shakespeare, Pascal, Spinoza, Dostoievski y Tolstói, Chéjov y Thomas Mann, encontramos a Umbral, Boris Vian, Foucault, Barthes, Ph. Roth, J.D.Bauby, Juan Didión, H.Brodsky, Gil de Biedma, el gran Ribeyro, Irazoki, Lesacarra, Coetzee y Art Buchwald, que merece una extensa glosa. A esa lista –de librería stricto sensu, que no de grandes almacenes– cabe añadir los nombres que avalan las citas al frente de cada capítulo.

El «hombre pálido» no está, pues, nunca solo en su travesía doliente. Pero no «literaturaliza» la existencia, ni reduce la vida a un informe nefrológico. El lector termina el libro sin saber cómo se monta y en qué consiste una sesión de diálisis. Pero no porque Gracia vea la vida a través de libros por admirables que le parezcan, ni porque insinúe el menor conato de transmutar el dolor en materia lírica o épica, tampoco de trascenderlo, vía en la que habría encontrado sin dificultad al tafallés José María Cabodevilla, ni de exhibirse resentido, derrotado o impostor (pág. 221). Gracia no habla nunca del valle de lágrimas, la enfermedad es humana, pero «no un hecho premeditado», y él es un hombre que vive, pese al ruido de su víscera –a salud se cifra en el silencio del cuerpo–, atento a la vida diaria y próxima, sus avatares y personajes: el asesinato sanferminero de 2008; Magdalena, Nelson, Arcadio, Luisa, Gregoria, la arguedana octogenaria (82 años, en pág. 138; 86 en la 209), Josecho, Pedro, Iñaki, Manuel, todos ellos compañeros de tandas dialíticas en la CUN, nunca citada; el arte revelado de Morante de la Puebla, el terrorismo y la cautela medrosa que inocula a tantos opinantes («El miedo, como la mentira, es tentación de la facilidad», dijo Yankélévitch), la rueda de las estaciones, la luz, el aire libre, la calle, la cerveza fresca y bien tirada –no como en Pamplona–, el tabaco, el bosque y la toponimia vernácula, las aves, vecinas o migrantes, que conoce bien, pero sobre todo el trío femenino: la ex –apenas telefónica–, Alejandra, la hija china adoptada a la que algún día habrá que explicarle su historia, y Silvina –amiga, compañera, amante–. Estas dos protagonizan unas líneas memorables: «Necesitaba decantar el sabor agridulce de mi visita a Madrid. Dulce, por el efecto terapéutico que Alejandra obra en mí; agrio, por el desencuentro nocturno con Silvina» (p. 239).

Gracia, claro es, desgrana pensamientos sobre la enfermedad y los médicos, y muchos a propósito de la escritura, la novela, el artículo semanal en este periódico, el propio diario –sin ficción– y las preferencias como lector –«Me he alejado de las sutilezas conceptuales; ahora busco textos que me corten la respiración, que me dejen en el corazón un pájaro tembloroso»–. Esos dos planos personales trazan una actitud inteligente: «Si algo he de agradecer a la máquina son las doce horas semanales de lectura obligada que me procura» (p. 249).

Esa actitud refleja, sin duda, la madura dignidad del autor, pero también una antigua y difícil cualidad, la apátheia, que en los metafísicos griegos de veinticinco siglos atrás es cosa distinta de nuestra apatía, aunque esa palabra castellana derive directamente del vocablo helénico: apátheia era, según Aristóteles (De Anima, 408b 29) la armonía propia de la inteligencia, literalmente impasible, es decir inasequible a desequilibrio o imperfección alguna. Gracia se muestra aquí sereno y firme, como su tersa y eficaz prosa, pero nunca apático, ni ajeno al mundo que incluye el dolor y la enfermedad (pathos).

Fernando Pérez Ollo.
Diario de Navarra, 27/06/2010


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