BLOG DE LA MEDIAPÁGINA

Miércoles 25 Febrero 2009

Último día…
Último vistazo a la ciudad de Estambul:
Una iglesia bizantina convertida en mezquita, el mausoleo de Solimán El Magnífico, la calle de las caravanas, un hammam restaurado, un taxi que pita a los peatones, repartidores que cargan con paquetes más grandes que ellos.
Entre las casas otomanas de madera donde corretean los niños, se esconde, tras subir una pequeña escalera, la mezquita de Rüstem Pasa. Nada de ruido, es la hora del rezo.
Entro y me siento en un banco de azulejos junto a una vieja mendiga que espera la salida de los fieles.
Es viernes, y, como dice el Corán y sigue siendo costumbre hoy, las limosnas suelen ser más generosas.
Me hubiera gustado hablar con ella pues parecía muy dispuesta, pero lamentablemente no soy capaz de distinguir ni una sola de sus palabras.
Oigo hablar francés, y me cruzo con Beiza… que espera a su marido a la salida, y sostiene a su hija de 2 años en brazos.
Tiene 25 años y ha venido a Estambul a visitar a su familia, que vive al borde del Mar Negro, en la otra punta del Bósforo. «Allí es donde nací, no sé cómo se llama ese mar, pero es precioso» –me dice al tiempo que muestra unas fotos mal encuadradas.
Habla muy bien francés porque sus padres se fueron a Francia cuando ella tenía 6 años. Fue duro para ella, tuvo que aprender de sopetón, pero los profesores y los demás alumnos la ayudaron. Hoy tiene las dos culturas.
Vive en Francia porque allí encontró a su marido que también es turco. Se conocieron muy jóvenes y se casaron, una auténtica boda tradicional ¡en Francia! ¡Hasta hicieron el rito de la henna!
Se siente orgullosa de ello, «mi marido tiene un Kebab (un chiringuito de comida turca para llevar), y yo me quedo en casa para cuidar de mis niños. Cada dos años venimos a Turquía a ver a mis padres. Me traigo todos mis ahorros y compro brazaletes de oro de 30 gramos. ¡Ya tengo 16!» –dice enseñándome el brazo. «Cuando tenga 20, me compraré una casa en Ankara. Mientras, los llevo conmigo, es más seguro. No me fío de los banqueros.»

Cuadernos de viaje de Emily Nudd Mitchell. Último vistazo a la ciudad de Estambul
Martes 24 Febrero 2009

La periodista gráfica Candy Lopesino, autora del libro Portugal, devoradores de mar de la colección Viajes de media página de la editorial Demipage, ha sido galardonada con el Primer Premio por el reportaje Galgueros, y con la Mención Honorífica por el reportaje Juegos, concedidos por el Ministerio de Cultura en el Certamen de Fotografía sobre Cultura Popular 2008.
Martes 24 Febrero 2009

Entrevista a Juan Gracia Armendáriz para EL DIARIO VASCO



- ¿Qué se va a encontrar el lector en cada una de estas dos obras?

El esotérico título de la novela, La Línea Plimsoll, merece una explicación: es una marca que indica el máximo nivel de carga que puede soportar una embarcación. Los psicólogos del ejército norteamericano tomaron prestado ese concepto para medir en los test de personalidad el grado a partir del cual un individuo no puede ser sometido a emociones violentas. Todos nosotros, por lo tanto, tenemos nuestra propia línea Plimsoll, como los barcos. El personaje de la novela vive por debajo de su línea de flotación y quise indagar, literariamente, en la travesía interior del personaje, pero no desvelaré si llega a puerto o naufraga definitivamente… En cuanto a Cuentos de Jíbaro es un libro de microrrelatos que escribí durante un año para la editorial Demipage, que los difundió a través de correo electrónico cada semana, creando una comunidad de lectores invisibles. Ahora han sido reunidos en forma de libro. Es un libro que ofrece dosis homeopáticas de literatura. El género del microrrelato vive un buen momento, y creo, modestamente, que el placer que me produjo de escribir Cuentos del Jíbaro no defraudará al lector.      

- ¿Cuáles son las coincidencias y diferencias entre las dos?

Creo que hay muy pocas coincidencias. El tono, los recursos y el lenguaje empleado dan como resultado textos que parecen escritos por dos personas distintas. La novela exige que el escritor ponga en juego todas sus capacidades durante un largo periodo de tiempo. El relato brevísimo es un género que admite  igualmente lo enfático y la gamberrada literaria. Con uno y otro he abarcado los dos géneros que más me interesan como escritor: el relato relámpago y la novela, que es el género más completo y complejo.

- Se dio a conocer como poeta. ¿Le benefició o le perjudicó en la poesía al iniciarse en la narrativa?

Sin duda, fue un beneficio. La poesía es la alquimia del lenguaje literario, y el trato que tiene un poeta con el lenguaje es de extremo respeto, pero el salto a la narrativa exige del escritor una dosis de insensatez que es preciso adquirir para no caer en manierismos ni afectaciones que sólo consiguen  sofrenar el impulso narrativo. Quizá, por ello, pasé de la poesía a la narración poco a poco, tratando de adquirir la capacidad narrativa sin renunciar a las intuiciones poéticas.

- En el prólogo de Cuentos del Jíbaro se dice que usted sintió que progresaba como escritor cuando se dedicó al oficio de periodista. ¿El tiempo en el que fue reportero de sucesos es en este caso decisivo?

En aquella época yo era un poeta que escribía una poesía muy hermética, leía a Rilke, Eliot y Paul Celan y apostaba por la poética del silencio; imagine usted mi esquizofrenia: con una mano escribía versos muy exquisitos y con la otra relataba la matanza de Puerto Urraco o el exorcismo de Almansa. El resultado de aquella dislocación fue Noticias de la frontera, mi primer libro de cuentos, y el abandono de la poesía, que para mi se ha convertido en una especie de lenguaje sagrado.

- Escribió una tesis doctoral sobre Francisco Umbral. ¿Qué le sedujo del autor de “Mortal y rosa” y cómo fue su relación con él?

Nombrar a Francisco Umbral en el año 1992 en un departamento universitario provocaba que, al punto, empezara a oler a azufre. Se habían escrito tesis doctorales sobre la obra periodística de Antonio Gala o de Manuel Vicent, pero los prejuicios académicos habían arrumbado a Umbral a su rincón de maldito, con una obra periodística ingente y virgen de estudios. Umbral me deslumbró con Mortal y rosa, novela de lectura obligada para cualquier amante de la literatura. Mi relación con él fue correcta, me atendió varias veces en su “dacha”, me convidó a güisqui, y me hice amigo de su gata Loewe. Resultó ser un tipo respetuoso y tímido hasta lo patológico, aunque, eso sí, por las noches arrojaba a su piscina alguna que otra novela que yo encontraba al día siguiente flotando entre el verdín, como un ahogado. Años después le llovieron todos los reconocimientos literarios y aquél  departamento universitario que tanto le aborrecía promovió su nombramiento como Doctor Honoris Causa.    

- Es usted profesor titular de la Universidad Complutense de Madrid. ¿Cómo incide ese trabajo en su escritura?

No influye en mi escritura, pero sí me obliga a reflexionar sobre el quehacer literario. Tengo la suerte de impartir una asignatura que conjuga la historia, la teoría literaria y el taller de escritura, de modo que es un pequeño laboratorio de formación de lectores. Por otra parte, tengo el convencimiento de que la literatura se me presenta cada vez con mayor nivel de exigencia, de modo que, quizá, algún día sea escritor a tiempo completo.

- Su obra La Línea Plimsoll ha ganado el Premio Tiflos convocado por la ONCE. ¿Qué importancia le da a los premios literarios y a las leyendas sobre que la mayoría están amañados?  

Sólo ejerzo de caza recompensas cuando no queda más remedio. Casi todos mis libros han sido editados gracias a un premio literario, pero si yo hubiera tenido el apoyo de un editor, como ahora tengo, me hubiera ahorrado mucho en participaciones de lotería. La mercadotecnia ha desprestigiado premios de mucha valía, y aunque son excepciones cualquier persona avezada en estas cuestiones sabe cuáles son. El premio Tiflos que otorgan  la ONCE y la editorial Castalia es de una honradez ejemplar. No veo a Luís Mateo Díez, Mauel Longares o Soledad Puértolas, miembros del jurado, conspirando para darme el premio a mí.   

- Vivió usted durante varios años en México. ¿Qué huellas hay de aquella experiencia en su literatura?

México es un país tan hermoso como adictivo para un español. Regresé hace dos años y pasé unas semanas en un paraíso del Pacífico, tumbado bajo una techumbre de hojas de palma, rodeado de amigos y pelícanos. Fíjese que México es un nombre que tiene una equis en medio, como una incógnita; mi primera estancia allí fue fundamental en mi formación literaria y sentimental. En todos mis libros hay un ligero olor a salsa de tabasco.
 
- Escribe una columna semanal en el Diario de Navarra. ¿Está de acuerdo con que la “columnitis” es una de las enfermedades del periodismo español?

Ignoraba que existiera esa enfermedad, pero estoy de acuerdo en que hay un exceso de opinión hecha desde la trinchera de los prejuicios. ¿Cómo es posible que ningún medio de comunicación se ponga de acuerdo en el número de personas que acuden a una manifestación?  Eso no es materia opinable, pero parece que hemos renunciado a conocer el dato objetivo. Creo que los periodistas deberíamos recuperar los manuales universitarios y tratar de responder a los hechos: qué, quién, cómo, cuándo y porqué. Por otra parte, el Diario de Navarra me ofrece la oportunidad de escribir con total libertad un artículo político a una columna literaria, y eso es una gran suerte, porque soy de esas personas que a veces se levantan de la cama sin ninguna opinión.

Roberto Herrero
Martes 24 Febrero 2009

La escucha necesaria

Hace ahora ocho años Jorge Alemán, psicoanalista argentino afincado en España, en Madrid, confesaba: «Llevo 24 años viviendo en un país donde la presencia del psicoanálisis no estuvo nunca asegurada, donde no era en absoluto evidente que una audiencia aceptara los postulados psicoanalíticos». Precisamente por eso «encontré [...] un modo de dialogar, de entrar en conversación con otros contextos que podrían ser afines al psicoanálisis, particularmente ciertos segmentos de la filosofía».

Fruto de esta preocupación había surgido ya en 1998 un texto extraordinario, el más interesante que conozco escrito aquí en España en la línea de esa conversación con la filosofía. El texto se llamó Lacan: Heidegger (Ediciones del Cifrado), escrito por Jorge Alemán y Sergio Larriera, con quien suele colaborar, también psicoanalista. El texto es un cotejo magnífico de las concepciones freudianas y lacanianas y la crítica a la metafísica de Martin Heidegger.

Complejo de Edipo. El psicoanalista está, ante todo, a la escucha. Esa escucha se concreta y singulariza en el pasaje que tiene lugar de la gran labor precursora de Freud a las importantes aportaciones de Jacques Lacan. Se trata de rebasar la problemática todavía insuficiente del complejo de Edipo y castración a través de una importante reflexión sobre la lengua y la escritura, en la intersección que mantienen con el deseo y con el goce (un goce «más allá del principio de placer»).

Allí se articulan los célebres mathemas lacanianos, y concretamente el que destaca tres albergues (dit-mansions): el nudo entre el círculo simbólico, imaginario y real. La escucha conduce a asumir la herida en la cual esa fisura -y posible sutura- puede tener lugar: herida que deja, ciertamente, una cicatriz en el sujeto.

La grandeza del psicoanálisis, rubricada en este caso por la enseñanza lacaniana, consiste en poseer, a diferencia de otras propuestas filosóficas de la postmodernidad, una ética incondicional, innegociable: la ética del deseo.

El sujeto está, en la práctica psicoanalítica, implicado en su deseo. Por lo mismo puede tener acceso a un goce que le permita singularizarse frente a las pretensiones del Gran Otro (pivote de la concepción lacaniana de la figura paterna). Se trata, pues, de una ímproba lucha contra la enajenación. Ese es el lado liberador de la teoría y de la práctica freudiano-lacaniana.

Pero vuelvo al comienzo, a la confesión de Jorge Alemán, de que está viviendo ya desde hace más de veinte años «en un país en el que la presencia del psicoanálisis no estuvo nunca asegurada».

Terribles amputaciones. ¿Por qué? ¿A qué se debe esta peculiaridad hispana, o esta singularidad que diferencia nuestra sociedad de todas las europeas que nos circundan, y por supuesto también de las sociedades americanas, especialmente Estados Unidos, pero también Argentina, México o Brasil?

Al pronunciarse la palabra España es inevitable siempre reencontrarse con Américo Castro. Se trata, a pesar de las apariencias variopintas de regiones y nacionalidades, de una sociedad tremendamente homogénea, que adquirió este carácter a partir de dos terribles amputaciones: la doble expulsión, con los Reyes Católicos, de la gran minoría judía, y la de los moriscos ya en el siglo XVII.

Desde entonces en España apenas ha habido minorías relevantes, especialmente minorías con poder adquisitivo y con vigor cultural, que pudiesen compensar esa homogeneidad resultante.

A diferencia de lo que sucede en la Europa colindante y en la América del Norte y Sur, no se dan esas minorías en España, de clase media, capaces de sustentar precisamente ese discurso nuevo, inédito, instalado fuera del recinto universitario, y que ha sido para muchas sociedades un gran motor y acicate de esa conversación tan necesaria con la filosofía.

España ha vivido siempre al margen. Padeció el infortunio de una proclamación republicana en el peor momento de la Historia de Occidente, en las vísperas mismas de una Guerra Mundial con caracteres apocalípticos. Pero se anticipó a ello mediante la más cruel de las guerras civiles, prolongada por una dictadura de cuarenta años.

No se vivió en España el desembarco de Normandía, la épica de la resistencia; no se vivió tampoco de forma implicada y comprometida el terrible final de esa guerra total, con el proceso de Nuremberg y demás efectos de la desnazificación. Y esto ha redundado, de indirecto modo, pero de forma muy efectiva, en una merma para esa práctica de la escucha necesaria en la que se sustenta el discurso analítico, o psicoanalítico.

La ausencia de minorías cultas, especialmente de origen judío, es quizás una importante clave para entender el desinterés y la falta de motivación que en España ha tenido en ocasiones esa encrucijada entre psicoanálisis y filosofía, tan necesaria para entender la vida intelectual occidental en estos pasajes de modernidad y postmodernidad. En estos ocho años, desde el gran texto Lacan: Heidegger, hasta el pequeño libro de poesía de Jorge Alemán titulado No saber, que es casi la rúbrica resultante de esa escucha necesaria, que lejos de abrochar saber y verdad, al modo hegeliano, muestra justamente en el no saber la condición de esa ética del deseo, y de la parte de goce, que puede corresponder al sujeto.

Necesidad de revisión. En estos años han cambiado muchas cosas. Aspectos que emparientan al psicoanálisis freudiano-lacaniano con la crítica a la metafísica de Martin Heidegger, y sobre todo en relación a los postulados filosóficos de Ser y Tiempo, deben ser revisados y planteados de nuevo.

Posiblemente es la concepción del Sein zum Tode, ser relativo a la muerte, de Ser y Tiempo, lo que requiere una revisión a fondo. En un libro mío antiguo, Filosofía del futuro, avancé que debía modificarse la idea heideggeriana del ser en el mundo como Sein zum Tode, ser relativo a la muerte, por la idea de ser para la recreación.

Eso significa desplazar el énfasis mortuorio que atraviesa Ser y Tiempo por una idea bien distinta: atender, más que a la angustia de la nada ubicada en el Sein zum Tode, a aquélla, pensada por Freud en Inhibición, síntoma y angustia, en donde es, más bien, la disposición mediante la cual tiene lugar el acto mismo del nacimiento. Allí Freud se da cita con Otto Rank (El trauma del nacimiento).

Esta importante inflexión me guía para acercarme a un excelente libro de Fernando Ojea, en el que justamente se plantea la cuestión del nacimiento.

No se trata, quizás, de aprender a morir, al modo del Fedón platónico, ni de asumir la muerte como fuente angustiada de posibilidad de la elección auténtica: la instancia que discrimina la decisión. En una importante inflexión debe invertirse el planteamiento.

Límite no es sólo terminus: fin de un proceso (terminable/interminable, como el análisis freudiano). Límite es también limen, umbral: lo preliminar. Y en este sentido el limen interviene como bisagra entre un pasado radical (memoria de lo inmemorial) al que suelo llamar lo matricial. Lo matricial que se adelanta y anticipa, como esencia pasada, al factum del ser en el mundo -y del acceso al lenguaje (unido todo ello a la necesidad de la escucha).

Se abre entonces un nuevo campo de reflexión, donde pasa a primer plano el nacimiento. Nacer y re-nacer en una suerte de principio de variación y metamorfosis que es peculiar del ser humano. Quizás existir signifique, más que aprender a morir, saber nacer y renacer.

Debe plantearse si la condición necesaria de la escucha analítica es suficiente. Este requerimiento del nacer y del renacer requiere una reflexión muy ajustada.

Puntos de debate. Fernando Ojea la emprende de manera notable. Creo de todos modos que subsisten puntos de debate necesarios. No puedo suscribir una demasiado tajante divisoria entre lo biológico y lo psíquico que apunta a situar el acta de nacimiento como novum radical. Y a sancionar por tanto el ser en el mundo y el advenimiento lingüístico como un dato primordial.

Dice algo muy profundo Ojea, que quizás el carácter prematuro e inmaduro del embrión-feto al surgir al mundo enmascara una madurez ontológica propia de quien terminará siendo sujeto de deseo y de goce.

Creo que en este sentido cabría incluso ir más lejos, y pensar que sería importante concebir en unidad todo este grandísimo proceso metamórfico, que incluye también el embrión-feto.

Se tiene a veces la sensación de que no se ha asistido de forma suficiente a esa escucha que requiere atender a lo matricial.

El oído -interno y externo- es quizás el órgano perceptivo que primero se constituye en el embrión-feto, y que es clave para comprender, desde esas profundidades matriciales, el mundo del sonido, de la phoné (del sustento material y matricial de la música). Allí tiene el psicoanálisis una tarea pendiente, descuidada por Freud y por Lacan.

Quizás sea verdad que la fuente de lo que Heidegger denomina en Ser y Tiempo Mitsein (el ser-con en el que se hallaría la raíz de la unión amorosa y de toda forma de comunidad y comunicación) nos conduce, inevitablemente, a atender a esa unio mystica extraordinaria que sobreviene en la conjunción del embrión-feto y la madre: la protoesfera en donde se halla anegado el embrión-feto, en agua salina, alimentado por el cordón umbilical y la placenta.

Giro sonoro. En ese contexto es donde se va formando, junto al embrión-feto que va gestándose, también la escucha posible -esta vez suficiente- a través de la cual algo previo al sentido se produce, el sonido, la phoné. Y que exige una ampliación del planteamiento lingüístico, antecedido por un giro sonoro previo a la posibilidad de la escucha propiamente musical.

En la gestación prematura, o en la madurez ontológica que le corresponde, importa también, junto al advenimiento del lenguaje, esa anticipación de la voz materna en la phoné, lo cual requiere una escucha que sea a la vez necesaria y suficiente.

La voz de la madre tiene quizás mucho que decir respecto a ese sonido que se adelanta siempre al sentido musical; y que sitúa éste también en las redes de confluencia hacia la lengua.

Eugenio Trías

ABC, 7 de febrero de 2009

http://www.abc.es/abcd/noticia.asp?id=11384&num=889&sec=32
Jueves 19 Febrero 2009

Cuadernos de viaje de Emily Nudd Mitchell. Cuento oriental. Estambul
Miércoles 11 Febrero 2009

Cuadernos de viaje de Emily Nudd Mitchell. El Caravanserallo. Estambul.
Miércoles 4 Febrero 2009

Cuadernos de viaje de Emily Nudd Mitchell. 
Jueves 29 Enero 2009

Cuadernos de viaje de Emily Nudd Mitchell. Barrio popular de Carsikapi, Estambul.
Jueves 22 Enero 2009

Cuadernos de viaje de Emily Nudd Mitchell. Egipto. Barco fantasma
Martes 20 Enero 2009

Presentación de La Bombilla


Día 22 de enero a partir de las 20 h.


Galería de arte Mad is Mad

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