BLOG DE LA MEDIAPÁGINA

Martes 27 Julio 2010

Le don de Vorace, versión francesa de El don de Vorace, de Félix Francisco Casanova, publicada por Les Allusifs, en Le Matricule des Anges, junio de 2010.

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Lunes 26 Julio 2010

Le don de Vorace, versión francesa de El don de Vorace, de Félix Francisco Casanova, publicada por Les Allusifs, en Marianne, 24-30/07/2010.

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Jueves 22 Julio 2010

Te esperamos en la presentación de El don de Vorace, de Félix Francisco Casanova, el viernes 23 de julio a las 19 h. en el Hotel ME Madrid (Plaza de Santa Ana, 14), dentro del Festival CANARIAS AT THE HOTEL.

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Miércoles 14 Julio 2010

Entrevista a Juan Gracia Armendáriz, autor de Diario del hombre pálido, en El País, 14/07/2010.

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Martes 13 Julio 2010

El don de Vorace, de Félix Francisco Casanova, en el suplemento Bellver, de Diario de Mallorca, 1/07/2010.
Puedes descagar el pdf de la página desde el apartado Descargas de este blog.

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Martes 13 Julio 2010






Un paciente, en un  hospital, escribe el diario de 179 días internado. Se trata de un paciente que sufre insuficiencia renal y su nombre es Juan Gracia. El libro que recoge estos textos se llama Diario del hombre pálido y posee la naturaleza de una verdad tan afectiva como reveladora. Se trata, bien, de un libro de dolor (una patografía) pero salpicado, como dice su autor, de algunas gotas de buen humor y de ternura.

Antonio San José entrevistó a Juan Gracia en CNN+ el jueves pasado y pocas veces he visto a un enfermo crónico como él, sometido a diálisis tres días a la semana, lunes, miércoles y viernes, en sesiones de cuatro horas, manifestarse con mayor inteligencia y entereza.

Una patología como la suya tiene entre otros efectos el de que cualquier litro de líquido que se ingiera no se elimina a través de la orina. Dos litros de agua que se beban se convierten en dos kilos de más.

Estos enfermos que tienen muy racionada el agua  tratan de aplacar la sed chupando o mascando cubitos de hielo. Juan Gracia añadía que él también procura librarse de los líquidos a través de sudar al máximo en el gimnasio. Lleva implantado  un riñón desde hace más de 20 años pero ahora ha dejado de funcionar adecuadamente. Ser citado para recibir un trasplante, una llamada que puede producirse en cualquier momento, no es garantía de que se le realizará la operación.  Se citan a dos o más personas y depende de las características  de cada enfermo y del órgano donado para aprobar la entrada en el quirófano. En dos ocasiones ha acudido y no ha sido seleccionado.

Hablaba de todo ello con un equilibrio que, como sucede siempre con las desdichas, multiplica tanto el asombro como la empatía del receptor. Yo, el receptor, contemplaba admirado a Juan Gracia, escritor y lector apasionado. Un tipo de buen talante que había asumido dignamente sus graves condiciones físicas. Decía además que en el ambiente hospitalario tan asiduo para él,  entre los enfermos y el equipo de médicos se había creado una estrecha relación que si tenía al mal por causa le había llevado a una paradójica sensación de bienestar durante las horas de la diálisis,

Pero destacaba que tanto él como otros enfermos hospitalizados experimentaban el choque, en apenas unos metros, entre la atmósfera interior y grave de la clínica y el exterior de estruendo y banalidad de los actos. Recomendaba entonces a cualquiera la experiencia de 15 día en un hospital. Sólo para sentir el valor de la vida ordinaria. Por ejemplo, ahora que en la televisión aparecen con mayor frecuencia los bañistas entrando en el mar, Juan Gracia decía no poder hacer lo mismo. Un catéter instalado en el pecho le impide mojarse. Su frustración ahora es además esta limitación que gentes de Gandía o de Torrevieja gozan sin percibir su valor. Porque lo  mismo que el oxígeno no existe cuando se respira normalmente, el agua es una circunstancia obvia cuando ante la playa se extiende infinitamente. La enfermedad es invalidante a veces y, también, cuando atenaza, puede hacernos  incluso invidentes. Por sus resquicios, sin embargo, se descubre, a retazos de oro la valiosísima luz del mundo.

Vicente Verdú.

Publicado en El Boomerang el 07/7/2010.

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Viernes 9 Julio 2010

- Diario del hombre pálido, de Juan Gracia Armendáriz, en el blog de Vicente Verdú, El Boomerang:
  http://www.elboomeran.com/blog/11/vicente-verdu/

- Diario del hombre pálido, de Juan Gracia Armendáriz, en La voz de Galicia, 06/07/2010:
  http://www.lavozdegalicia.es/ocioycultura/2010/07/06/00031278439835407291380.htm

- Entrevista a Juan Gracia Armendáriz, autor de Diario del hombre pálido, en Cara a cara, de CNN+, 03/07/2010:
  http://www.cuatro.com/noticias/videos/cara-cara/20100701ctoultpro_83/

- El don de Vorace, de Félix Francisco Casanova, en El Cultural, 06/07/2010:
  http://www.elcultural.es/noticias/BUENOS_DIAS/688/JJ_Armas_Marcelo

- Le don de Vorace, versión francesa de El don de Vorace, de Félix Francisco Casanova, en Le Monde, 08/07/2010:
  http://www.lemonde.fr/livres/article/2010/07/08/le-don-de-vorace-de-felix-francisco-casanova_1385004_3260.html

- El ábol rojo, de Andrés Rubio, próxima publicación de Demipage, en Diario Sur, 24/06/2010:
  http://www.diariosur.es/v/20100624/cultura/ciudad-vive-deja-vivir-20100624.html
Viernes 9 Julio 2010

Le don de Vorace, versión francesa de El don de Vorace, de Félix Francisco Casanova, en Le Monde, 08/07/2010.

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Martes 6 Julio 2010

Puedes ver un fragmento de la entrevista a Juan Gracia Armendáriz, autor de Diario del hombre pálido, en el programa Cara a cara, de CNN+, el pasado 1 de julio, aquí.

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Lunes 28 Junio 2010

Hace dos semanas José María Romera dedicó su Ventana sabatina en DN a este libro de quien se encarama a la misma columna los domingos. No es fácil hablar de un libro después de JMR, profesor de Literatura, lector avezado y pluma sutil, condiciones que no tienen por qué coincidir en una firma, como el diploma en Geografía no garantiza sensibilidad paisajística.

Este libro es un texto autobiográfico, fechado en Zuasti, de mayo a diciembre de 2009, tranco que suma más de los 169 días en que se divide el texto, agrupados –sin fechas– en catorce capítulos, de nueve jornadas a partir del quinto y, por tanto, más amplios los cuatro primeros. El autor padece severos problemas nefríticos, posteriores a un trasplante, y quema muchas horas en sesiones clínicas de diálisis y en una gincama de especialidades médicas que le han llevado a ser «un jubilado de cuarenta y tres años».

El paciente, profesor universitario y escritor, despliega notable bagaje de lecturas, que rebasa de largo la cincuentena de autores y testan la calidad exigente del lector: de Ian McEvan a Susan Sontag, aparecen Faulkner, Defoe, Italo Calvino, Rilke, Stendhal, Proust, Valle-Inclán, Nietzsche, Bolaño, Mishima, Camus, Yankélévitch –que aparece sin tildes–, Don Winslow, Javier Arbea, Jiménez Lozano, Santa Teresa, DeLillo, Susan Faludi, la pareja Fitzgerald, W.Ospina y su «Ursúa», Paul Celan, Borges, Kafka, y a la cabeza de todos un trío: Juan Carlos Onetti, Thomas Bernhard y Malcolm Lowry, más la conmoción de «Herzog», de S.Bellow. En la nómina de patógrafos literarios, tras los quizás inevitables Bocaccio, Chaucer, Montaigne, Shakespeare, Pascal, Spinoza, Dostoievski y Tolstói, Chéjov y Thomas Mann, encontramos a Umbral, Boris Vian, Foucault, Barthes, Ph. Roth, J.D.Bauby, Juan Didión, H.Brodsky, Gil de Biedma, el gran Ribeyro, Irazoki, Lesacarra, Coetzee y Art Buchwald, que merece una extensa glosa. A esa lista –de librería stricto sensu, que no de grandes almacenes– cabe añadir los nombres que avalan las citas al frente de cada capítulo.

El «hombre pálido» no está, pues, nunca solo en su travesía doliente. Pero no «literaturaliza» la existencia, ni reduce la vida a un informe nefrológico. El lector termina el libro sin saber cómo se monta y en qué consiste una sesión de diálisis. Pero no porque Gracia vea la vida a través de libros por admirables que le parezcan, ni porque insinúe el menor conato de transmutar el dolor en materia lírica o épica, tampoco de trascenderlo, vía en la que habría encontrado sin dificultad al tafallés José María Cabodevilla, ni de exhibirse resentido, derrotado o impostor (pág. 221). Gracia no habla nunca del valle de lágrimas, la enfermedad es humana, pero «no un hecho premeditado», y él es un hombre que vive, pese al ruido de su víscera –a salud se cifra en el silencio del cuerpo–, atento a la vida diaria y próxima, sus avatares y personajes: el asesinato sanferminero de 2008; Magdalena, Nelson, Arcadio, Luisa, Gregoria, la arguedana octogenaria (82 años, en pág. 138; 86 en la 209), Josecho, Pedro, Iñaki, Manuel, todos ellos compañeros de tandas dialíticas en la CUN, nunca citada; el arte revelado de Morante de la Puebla, el terrorismo y la cautela medrosa que inocula a tantos opinantes («El miedo, como la mentira, es tentación de la facilidad», dijo Yankélévitch), la rueda de las estaciones, la luz, el aire libre, la calle, la cerveza fresca y bien tirada –no como en Pamplona–, el tabaco, el bosque y la toponimia vernácula, las aves, vecinas o migrantes, que conoce bien, pero sobre todo el trío femenino: la ex –apenas telefónica–, Alejandra, la hija china adoptada a la que algún día habrá que explicarle su historia, y Silvina –amiga, compañera, amante–. Estas dos protagonizan unas líneas memorables: «Necesitaba decantar el sabor agridulce de mi visita a Madrid. Dulce, por el efecto terapéutico que Alejandra obra en mí; agrio, por el desencuentro nocturno con Silvina» (p. 239).

Gracia, claro es, desgrana pensamientos sobre la enfermedad y los médicos, y muchos a propósito de la escritura, la novela, el artículo semanal en este periódico, el propio diario –sin ficción– y las preferencias como lector –«Me he alejado de las sutilezas conceptuales; ahora busco textos que me corten la respiración, que me dejen en el corazón un pájaro tembloroso»–. Esos dos planos personales trazan una actitud inteligente: «Si algo he de agradecer a la máquina son las doce horas semanales de lectura obligada que me procura» (p. 249).

Esa actitud refleja, sin duda, la madura dignidad del autor, pero también una antigua y difícil cualidad, la apátheia, que en los metafísicos griegos de veinticinco siglos atrás es cosa distinta de nuestra apatía, aunque esa palabra castellana derive directamente del vocablo helénico: apátheia era, según Aristóteles (De Anima, 408b 29) la armonía propia de la inteligencia, literalmente impasible, es decir inasequible a desequilibrio o imperfección alguna. Gracia se muestra aquí sereno y firme, como su tersa y eficaz prosa, pero nunca apático, ni ajeno al mundo que incluye el dolor y la enfermedad (pathos).

Fernando Pérez Ollo.
Diario de Navarra, 27/06/2010


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