BLOG DE LA MEDIAPÁGINA

Jueves 31 Marzo 2011





Inventario de recuerdos y cenizas


La escritora francesa Florence Delay, traductora de clásicos como Calderón de la Barca o Fernando de Rojas, publica Mis ceniceros, un librito en el que repasa algunos de sus recuerdos a través de estos objetos.



Florence Delay (París, 1941) se ha cansado de «olvidar para evitar el sufrimiento» y ha encontrado en los objetos una manera de recordar. Mis ceniceros (editorial Demipage), el último libro de la escritora y traductora de clásicos de la literatura española como Calderón de la Barca, Fernando de Rojas o Lope de Vega es su excusa para reflexionar sobre la desaparición a través del humo. «No es el momento alegre de encender el cigarrillo, es la rapidez con la que se acaba, el humo que se va», dice la también académica de la lengua francesa.


Buscando el tono para los personajes de su novela El fin de los tiempos ordinarios Delay dibujó uno que se parecía mucho a ella. Un banquero que cuando caía el sol se tomaba un whisky fumando cigarrillos y describía sus ceniceros. «Asumí que los recuerdos de mi banquero eran los míos y años después decidí alargar el tema añadiendo otros tantos», dice la escritora excusando su castellano «cansado» porque, por un misterio que esconde detrás de una sonrisa, lleva mucho tiempo sin visitar España. «Así encontré una manera, un poco rebuscada, meditativa aunque divertida, de escribir un librito nuevo».


Mis ceniceros no es un ejercicio de coleccionismo. La escritora no es capaz de recordar cuántos de estos objetos o detectives privados, como los define en el libro, tiene en sus tres casas. «Acabo de mudarme, he regalado 2.000 libros», dice aliviada, «me siento mucho más ligera porque quiero avanzar, apartando las cosas». Florence Delay confiesa que le gusta engañar con el lenguaje, por eso sus páginas se llenan de metáforas como la que representa el cenicero de su abuelo, un ataúd, de los pocos que se salvan de la criba. «Me gusta parecer muy sencilla y esconder secretos detrás de las palabras. Es como cuando patinas sobre una superficie de hielo y te sientes muy ligera sin olvidar que debajo hay algo más».


De este repertorio de memorias no se desprende tampoco una autobiografía, sino «un regalo de paz a través de todas estas cosas inquietantes». Delay, como una bailarina, pasa de puntillas por su vida, cita pero no desarrolla. «Escribir que tuve un amante con ojos de color nicotina no dice tantas cosas sobre mí», se justifica. «Lo mío no interesa, pero creo que usar el yo, a veces puede servir de guía». Y así recorre entre humos los años en los que compartía ruedo con Hemingway y Dominguín, con su padre, el importante psiquiatra Jean Delay, con su hermana y su madre, artista del fumar: «La recuerdo con su pitillera dorada, ofreciendo sus cigarros en un gesto precioso».


«La prohibición de fumar es muy difícil para mi generación. Todos los escritores que me gustaban como Albert Camus, André Malraux o Sartre tenían su pitillo. Para mí, el fumar siempre acompañaba al trabajo intelectual». Y aunque en toda la conversación no hace apología del tabaco, ni siquiera amagando con salir a fumar, la melancolía del humo la lleva a recitar las palabras de su amigo Ramón Gómez de la Serna: «En París era pipa y no hombre». Paladea la frase como un buen cigarrillo y continúa. «Veía a Ramón paseando por la noche a orillas del Sena entre los puestos de libros, un cementerio que resucitaban a la mañana siguiente». Cuando los intentos por definir Mis ceniceros parecen agotados, aparece con este recuerdo la idea del epitafio que Delay se apresura en negar. «Creo en la resurrección y estoy convencida de que lo haré como les pasa a los pitillos cuando se acaban, te fumas otro y resucitan. Así seré yo, volveré».



Entrevista a Florence Delay, autora de Mis ceniceros, en El País, 31/03/2011.

Foto de Uly Martín.



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Lunes 28 Marzo 2011

Mis Ceniceros, de Florence Delay, en ABC Cultural, 26/03/2011.

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Jueves 24 Marzo 2011

La siesta de M. Andesmas, de Marguerite Duras, en Cambio 16, 16/02/2011.

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Martes 22 Marzo 2011

Mis Ceniceros, de Florence Delay, en La Voz de Galicia, 19/03/2011.

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Jueves 17 Marzo 2011

Demipage publica Viento de primavera, de Hubert Haddad, autor de Palestina.

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Martes 15 Marzo 2011

Mis Ceniceros, de Florence Delay, en La Rioja, 13/03/2011. 

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Jueves 10 Marzo 2011

Presentación de Farolito y los seres invisibles, de Issa Sánchez-Bella y Catherine François, el próximo 12 de marzo a las 12h. en la librería Tipos Infames, c/ San Joaquín, 3, Madrid.

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Martes 8 Marzo 2011

Nuevo alfabeto ruso, de Katia Metelizza, en Marie Claire, marzo de 2011.

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Jueves 3 Marzo 2011









La vida se (es)fuma como un cigarrillo


Los objetos guardan las circunstancias mejor que la mente». Con esta frase tan proustiana –recuerden ese sabor de la magdalena–, la escritora francesa Florence Delay (París, 1941) explica su pasión por los cigarrillos, los ceniceros y porqué les ha dedicado su último libro, un recorrido por sus experiencias vitales a partir de estas piezas llenas de ceniza. «Son los compañeros que me cuentan cosas de mi vida. Yo no tengo memoria. Prefiero olvidar antes que recordar», explica la
escritora. 


Florence Delay, académica de la lengua francesa actriz ocasional, responde al teléfono desde su casa parisina. Habla un español correcto, estudiado durante décadas después de traducir a autores del Siglo de Oro como Calderón de la Barca y Lope de Vega. El libro Mis ceniceros, que en unos días publicará Demipage en castellano, alude también a un viejo concepto de la cultura española: la tragedia de la brevedad vital. «Este libro es una metáfora sobre el humo, que para mí es igual a la dispersión. El libro trata de esa llama que se enciende y se apaga como metáfora de la vida breve del ser humano», apunta citando como referentes la obra del compositor Manuel de Falla y la novela del escritor Juan Carlos Onetti.


El estilo literario de Delay es complejo. Sus frases son cortas. Los recuerdos se construyen a partir de flashes, de fragmentos. De hecho, en la traducción del libro al español han trabajado hasta cinco personas. Pero es una estructura que tiene su razón de ser: «Esta estética está tomada de Ramón Gómez de la Serna. El párrafo es la forma literaria del cigarrillo. Empieza y acaba. Y cada frase es independiente».


«Todo lo que apaga y se enciende de nuevo es apasionante», escribe Delay en su libro. Hay una muy visible llamada a la sensualidad entre las líneas del relato. El cigarrillo adquiere una imagen sensual que para Delay procede, sin duda, del acto de fumar relacionado con el de escribir. «Yo escribo desde que tenía 20 años y necesito encender el cigarrillo para encender la frase. Y puedo dejar de fumar, pero no cuando trabajo, porque el pitillo me conduce a la intimidad», aclara Delay.


Amor por los toros


En el libro, la autora recorre aquellos retratos de personajes que han logrado la trascendencia gracias a tener un cigarrillo entre sus dedos. Es el caso de Humphrey Bogart, André Malraux o Jean Paul Sartre. Ella no se explica bien por qué ahora, mediante photoshop, se acaba de un plumazo con este objeto. De ahí que también ponga en duda las leyes antitabaco que ya funcionan en bastantes países de la Unión Europea. «Desde luego, fumar es un error y un peligro, pero entre el error y la prohibición hay un margen bastante amplio. Más que prohibir, habría que enseñar a que cada uno sea dueño de sí mismo», reflexiona.


A la transgresión que suscita Mis ceniceros por sus odas a un artículo perseguido ahora por la ley en los espacios públicos, se suma la pasión que la escritora también demuestra por la tauromaquia. Delay llegó al mundo de los toros gracias a los textos de José Bergamín. «Me hicieron pensar en la música callada del torero», sostiene. Por eso también se le escapa el debate que hay en nuestro país sobre la fiesta taurina: «Los toros están en toda la cultura española. Acabar con ellos es suprimir la historia de la pintura y la literatura española».


Florence Delay cierra la conversación hablando de su amor por los escritores españoles. Por Lorca y Calderón. «No puedo vivir sin ellos». Tampoco sin el pitilllo.


Sólo cuatro mujeres en la Academia Francesa de la Lengua


Florence Delay es académica de la lengua francesa desde el año 2000. Ocupa el sillón décimo –en Francia los académicos se clasifican por números y no por letras como en España– y fue precedida por el filósofo y escritor Jean Guitton. Su presencia es, sin embargo, toda una anomalía en la ‘docta casa’ francesa: sólo cuatro mujeres de un total de 40 miembros poseen en la actualidad un sillón en la institución.


«Es cierto, no somos muchas. Y la primera mujer que entró, la escritora Margarite Yourcenar, lo hizo hace 25 años», señala Delay. La Francia de las revueltas de mayo del 68, de la independencia, la libertad sexual y de la Revolución también tiene sus lastres en los centros de poder. «Es lógico, ya que fue una institución sólo de hombres durante casi siempre. Las cosas cambian, pero despacio», manifiesta la escritora.


Paula Corroto, Público, 01/03/2011.


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Jueves 3 Marzo 2011





Florence Delay: «La ley antitabaco ha hecho de las calles grandes ceniceros»


Con su aire desenfadado y una belleza elegante de actriz de cine, está en Madrid Florence Delay (París, 1941), una de las cuatro mujeres de los cuarenta miembros de la Academia de la Lengua Francesa. Ha venido a promocionar su último libro Mis Ceniceros que acaba de publicar la editorial Demipage. Un ensayo rompedor en estos momentos en los que se desprestigia el placer del fumar. Fumadora y burlona, Florence Delay trae una efervescente tratado del saber vivir a partir de diversos momentos de su vida.


Hija del célebre psiquiatra y escritor Jean Delay, en 1962 interpreta a Juana de Arco en la película de Bresson. Pero su carrera se decantará hacía el mundo de la literatura. Profesora durante más de treinta años de Literatura Comparada en la Sorbona, en 1983 obtiene el Premio Femina con Riche et légère, el Premio François Mauriac por Extremendi y el Premio de Ensayo de la Academia Francesa por Dit Nerval. Ha sido parte del jurado del Premio Femina (1978-1982), del Comité de lectura de Éditions Gallimard (1979-1987), así como del consejo de redacción de Crítica (1978-1995). Paralelamente a sus novelas y ensayos ha mantenido sus lazos con el teatro y la literatura española. En 1999 traduce a San Juan para la Biblia de Bayard.


Pregunta: Una mujer con más de 30 obras, entre ensayos, novelas, obras de teatro, etc. ¿Existe algo más aparte de la literatura en su vida?

Respuesta: Claro, el mundo, es decir, los seres humanos. La literatura es grande porque transmite otras aventuras que las que uno mismo vive y en otros lugares. La literatura es grande porque pertenece al mundo.


P: ¿Cuál es el hilo conductor de sus libros?

R: Pienso que hay una gran curiosidad por las formas. Así, a la novela le sucede un ensayo y una traducción, al ensayo una obra de teatro, es decir que, en mi obra, lo que destaca es esa fascinación por las formas literarias. Existen dos grandes familias de escritores, los que hacen siempre lo mismo, y los que hacen siempre otra cosa. Yo pertenezco a la segunda. Siempre me acuerdo de la frase de André Gide que decía que cuando terminaba un libro, saltaba al otro extremo de sí mismo. En este salto me reconozco, es lo que intento hacer.


P: Hispanista, una de las grandes traductoras del Siglo de Oro Español pero también de Bergamín, de Lorca, de San Juan de la Cruz, ¿cuándo nace su pasión por España?

R: Empieza en los Pirineos, que veo desde mi casa de las Landas, en mi felicidad al cruzar al otro lado, con mi madre, cuando soy aún muy pequeña. Pero el amor verdadero brota a los quince años, durante mi primer viaje a España, a la casa la familia con la que viví ese mes. De la obligación de hablar español también y, a la vuelta de ese viaje, del regalo de René Char de las Obras Completas de García Lorca que se acababan de publicar en Aguilar. Sus palabras fueron: «Toma esto y traduce lo que quieras». Mis primeras traducciones son de 1956, por tanto, y se publican en una editorial muy pequeña cuyos dueños eran amigos de René Char.


P: Cuál es el primer recuerdo que guarda de España?

R: Tengo quince años y cojo el tren de Irún a Barcelona. Era el Talgo. Voy a pasar un mes en casa de una persona que no conozco. Llego a la estación y dos mujeres me esperan. Una enorme, grande, fuerte, que habla francés con acento catalán. La otra es de una belleza extraordinaria, pero no habla ni una palabra de francés. Hace mucho calor. Paso la primera noche entre sábanas pero sin mantas. Es la primera noche de mi vida que duermo así, lo que era muy sensual, y en un estado de inquietud total ya que no sé si voy a pasar un mes en casa de la mujer grande o de la bella.


P: Existe algo de estilo español en su propio estilo literario?

R: Por supuesto. Cuando escribí con Jacques Roubaud una pieza de teatro que se llama Joseph d'Arimathie, nos inspiramos en los Actos Sacramentales de Calderón. Pero, mucho antes, me marcó una estética del parágrafo que era la de Ramón Gómez de la Serna y la de José Bergamín. Ramón escribió muchas obras con el ritmo del parágrafo. Y, de hecho, Mis Ceniceros está escrito en parágrafos. Un párrafo te permite empezar y terminar en pocas líneas y empezar de nuevo una idea diferente. Te da una gran libertad de ataque. Los textos tauromáticos de Bergamín, el Arte de Birlibirloque, están también escritos en párrafos. Y eso me influyó mucho. Para mí los párrafos son emocionales. Se encienden y se apagan, como un cigarrillo. Ramón escribe toda una novela así, La viuda blanca y negra. ¿Cómo obtiene el efecto continuo cuando lo está deteniendo a cada momento? Me parece un debate apasionante.


P: ¿Una de las cuatro mujeres académicas de la lengua francesa, como se trabaja entre hombres?

R: Ni me doy cuenta. En la Comisión del Diccionario, que es lo que me exige más trabajo, todos los jueves por la mañana, aparte de los académicos también hay otras mujeres en el grupo. En las sesiones de la tarde sí que me doy un poco más de cuenta. Si Richelieu hubiera querido podría haber hecho una Academia de hombres y mujeres –tenía escritoras maravillosas a su alrededor, Madame de la Fallette, Madame de Sévigné, Mademoiselle de Scudery...– pero decidió hacer un club de hombres. Así es. Claude Levi Strauss estaba en contra del ingreso de Marguerite Yourcenar. Como sociólogo, alegaba que había que guardar las leyes de la tribu y consideraba que cuando se empiezan a romper esas leyes, la tribu se debilita. Luego, cuando las mujeres entraron, estuvo a favor. En cualquier caso, me parecen absurdos los porcentajes.


P: Este último libro inclasificable, Mis ceniceros, habla de los momentos esenciales de su vida marcados por el regalo o la posesión de un cenicero. ¿Es un buen libro para darse a conocer ante un público español que no ha podido leerla prácticamente nada?

R: No sé en qué punto de insolencia se encuentra España. Si sigue siendo amiga de ella, es un buen momento. Si sigue teniendo el humor de sus grandes escritores, también. Mis Ceniceros es un libro grave y divertido, si no se tiene humor mejor abstenerse de leerlo.


P: ¿Podríamos hablar de una especie de autobiografía?

R: Cuando hablo de mi madre, digo de ella que tenía los ojos verdes y fumaba, o de un amante con el que fui a un castillo y que tenía ojos color nicotina, ¿se puede hablar de autobiografía? Es un libro que se burla de la autobiografía. La prensa en Francia dijo del libro «por fin habla un poco de ella misma», cuando lo que hago es fingirlo.


P: Nombra a la figura de su padre en varias ocasiones, gran personalidad del mundo académico, uno de los grandes y primeros psiquiatras, ¿hasta qué punto le marcó convivir con una persona tan reconocida?

R: En la adolescencia hubo conflictos. ¡quería entrar en la Academia! Admiraba en esa época a René Char por ejemplo, tenía otros modelos diferentes a los suyos. Y los contra modelos, como Bergamín, que eran opuestos a mi padre, también sirvieron a constituirme tal como soy. Más tarde, a mitad de mi vida, todas estás defensas se fueron cayendo y pude quererle como era. Ya no tenía que establecerme contra él sino con él.Tuve que enfrentarme a él. Su trabajo de psiquiatra me daba miedo, sus ambiciones literarias me parecían anticuadas…


P: ¿Primer y último regalo que le han hecho de un cenicero?

R: Me acuerdo del primer regalo que yo hice de un cenicero, a mi padre, justamente, de Asís en Italia. Los últimos regalos de ceniceros no me hacen ninguna gracia ya que he escrito negro sobre blanco en Mis Ceniceros que no quiero más, pero todo el mundo sigue regalándome ceniceros. ¡Lo que significa que no han entendido el libro! (risas).


P: Está usted a favor o en contra de la ley del tabaco?

R: Me da pena que se hagan leyes todo el tiempo y por todo. Me parece que habría que educar a la gente sobre el tabaco y sus peligros. Cuando había espacios para fumadores y no, se respetaba a todo el mundo. Hoy en día, la visión de las calles es atroz, son inmensos ceniceros. Se ven colillas por todos lados. No estoy a favor del tabaco, pero fumar es un gran placer.


P: ¿Piensa usted que el humo y el tabaco producen una atmósfera de amistad y creación?

R: A mí me sorprendió mucho cuando trabajaba sobre los indios de América del Norte que se fumara en grupo. Como cuando mi madre abría su pitillera y ofrecía a la gente. Hay muchos gestos que desaparecen si no existe el tabaco. Es también toda un forma de cortesía, «¿le molesta si fumo?», por ejemplo. En Francia no se para de redactar leyes.


Jacinta Cremades, El Cultural, 01/03/2011.


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