BLOG DE LA MEDIAPÁGINA

Jueves 12 Mayo 2011

Confesiones a Alá, de Saphia Azzeddine, ya en las librerías.

Adjuntamos algunos enlaces de prensa sobre Confesiones a Alá:

El Cultural, 09/05/2011.
El Cultural, 28/04/2011.
El Periódico de Aragón, 17/03/2011.
Revista AR, mayo de 2011.
Woman, mayo de 2011.
Divertinajes.
Informativos Telecinco, 7/05/2011.
Qué, 7/05/2011.
ADN, 7/05/2011.

Algunos vídeos de Saphia Azzedine:

En inglés:

Saphia Azzedine, confiding in Allah.

En francés:

Programa On n'est pas couché, 16/10/2010.
Entrevista a Saphia Azzedine sobre Confesiones a Alá.
Lectura de Confesiones a Alá.

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Lunes 18 Abril 2011

Entrevista a Florence Delay, autora de Mis ceniceros, en La Vanguardia, 17/04/2011.

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Miércoles 13 Abril 2011

La siesta de M. Andesmas, de Marguerite Duras, en Babelia, 02/04/2011.

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Lunes 11 Abril 2011

Farolito y los seres invisibles, de Issa Sánchez-Bella y Catherine François, en Quimera, abril de 2011.
Reseña de Juan Gracia Armendáriz.

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Lunes 11 Abril 2011

La siesta de M. Andesmas, de Marguerite Duras, en el suplemento La Pérgola del periódico Bilbao, abril de 2011.

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Jueves 7 Abril 2011

Martes 5 Abril 2011

Mis Ceniceros, de Florence Delay, en El Periódico, 5/4/2011.

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Martes 5 Abril 2011









Retrato con humo

La académica de la lengua y exactriz francesa Florence Delay publica el libro Mis ceniceros. El texto reúne sus recuerdos sobre el uso del tabaco.


Es un perfecto ejemplo de ese humanismo que durante años ha sido el bien más preciado de la cultura francesa. Florence Delay (París, 1941) empezó como actriz de cine –nada menos que la Juana de Arco en la película de Robert Bresson– y de teatro –con el director de escena Jean Vilar, otro monstruo–. Entre muchas vidas posibles eligió la de la escritura –narrativa, teatro y guiones de cine– y siguiendo los pasos de su padre, el escritor y
académico Jean Delay, es hoy una de las cuatro mujeres que forman parte de la Academia Francesa y una notable hispanista.


El muy afrancesado sello Demipage ha publicado Mis ceniceros, una delicada pieza de orfebrería en la que Delay traza un impresionista retrato de sí misma al ritmo sincopado y efímero de los cigarrillos que ha fumado y de su rastro de ceniza. «El tabaco es una excusa para saltar de tema en tema a través de una forma fragmentaria, en párrafos breves que duran lo que un pitillo. Este tipo de composición es delicado porque requiere una calculada ligereza, que se pierde irremisiblemente si se ponen dos o tres palabras de más», explica.


Lejos de ser una defensa del tabaco, intenta más bien convertirse en un réquiem a un estilo de vida que ya no existe: «Ahora un cigarrillo se ha convertido en algo repulsivo. Pero yo he querido acercarme a la sensación de fascinación que, por ejemplo, despertaba en mí cuando de pequeña veía a mi madre fumar en boquilla. Una belleza que estaba también en el hermoso diseño de los paquetes de cigarrillos, de la bailaora de los Gitanes...».


«Fumar puede matar» se advierte. Demasiado prosaico para Delay. Ella guarda como un tesoro una pitillera que compró en México, un dibujo de Diego Rivera que reproduce la muerte, un esqueleto emplumado y sonriente, junto a Frida Kahlo. Es el memento mori (recuerda que has de morir) que siempre lleva encima. «Con el argumento, loable, de proteger a los ciudadanos se ha acabado también con una forma de vida. La ley ha sustituido a la conciencia».


Evocando momentos


El humo le sirve también a la señora académica para remontarse por sus recuerdos. Como aquel día en el que vio a Hemingway con un notable habano en la plaza de toros de Bayona –ciudad de la que su abuelo era alcalde– aquel verano sangriento en el que seguía el duelo Dominguín-Ordóñez. O el pique entre François Mauriac y su padre –fumador empedernido de los Gitanes de marras– a cuenta de sus respectivas nieta e hija, ya que ambas habían participado en sendas películas de Bresson, pero solo Delay encarnaba a la santa nacional, un papel de mayor enjundia. O aquel momento en que el gran poeta René Char, amigo de su madre y consumidor de unos cigarrillos que se apagaban continuamente, le regaló las obras completas de Federico García Lorca animándole: –Anda, traduce lo que amas–, sellando así su amor por la lengua castellana.


Ese amor le llevó, a traducir a Gómez de la Serna, que siempre fumaba en pipa. «Vengo a España y digo que mi autor español preferido es Gómez de la Serna, a quien aquí tienen prácticamente olvidado, y me miran como si fuera una marciana». Por eso Delay hace prometer que su querido escritor aparezca en este texto. Sea.


El Periódico de Extremadura, 05/04/2011.


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Viernes 1 Abril 2011

Entrevista a Jacinta Cremades, traductora de Mis ceniceros, y David Villanueva, editor de Demipage y traductor de Mis ceniceros, en el programa En la nube de RNE 3, 30/03/2011.
Escúchala aquí.

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Jueves 31 Marzo 2011





Inventario de recuerdos y cenizas


La escritora francesa Florence Delay, traductora de clásicos como Calderón de la Barca o Fernando de Rojas, publica Mis ceniceros, un librito en el que repasa algunos de sus recuerdos a través de estos objetos.



Florence Delay (París, 1941) se ha cansado de «olvidar para evitar el sufrimiento» y ha encontrado en los objetos una manera de recordar. Mis ceniceros (editorial Demipage), el último libro de la escritora y traductora de clásicos de la literatura española como Calderón de la Barca, Fernando de Rojas o Lope de Vega es su excusa para reflexionar sobre la desaparición a través del humo. «No es el momento alegre de encender el cigarrillo, es la rapidez con la que se acaba, el humo que se va», dice la también académica de la lengua francesa.


Buscando el tono para los personajes de su novela El fin de los tiempos ordinarios Delay dibujó uno que se parecía mucho a ella. Un banquero que cuando caía el sol se tomaba un whisky fumando cigarrillos y describía sus ceniceros. «Asumí que los recuerdos de mi banquero eran los míos y años después decidí alargar el tema añadiendo otros tantos», dice la escritora excusando su castellano «cansado» porque, por un misterio que esconde detrás de una sonrisa, lleva mucho tiempo sin visitar España. «Así encontré una manera, un poco rebuscada, meditativa aunque divertida, de escribir un librito nuevo».


Mis ceniceros no es un ejercicio de coleccionismo. La escritora no es capaz de recordar cuántos de estos objetos o detectives privados, como los define en el libro, tiene en sus tres casas. «Acabo de mudarme, he regalado 2.000 libros», dice aliviada, «me siento mucho más ligera porque quiero avanzar, apartando las cosas». Florence Delay confiesa que le gusta engañar con el lenguaje, por eso sus páginas se llenan de metáforas como la que representa el cenicero de su abuelo, un ataúd, de los pocos que se salvan de la criba. «Me gusta parecer muy sencilla y esconder secretos detrás de las palabras. Es como cuando patinas sobre una superficie de hielo y te sientes muy ligera sin olvidar que debajo hay algo más».


De este repertorio de memorias no se desprende tampoco una autobiografía, sino «un regalo de paz a través de todas estas cosas inquietantes». Delay, como una bailarina, pasa de puntillas por su vida, cita pero no desarrolla. «Escribir que tuve un amante con ojos de color nicotina no dice tantas cosas sobre mí», se justifica. «Lo mío no interesa, pero creo que usar el yo, a veces puede servir de guía». Y así recorre entre humos los años en los que compartía ruedo con Hemingway y Dominguín, con su padre, el importante psiquiatra Jean Delay, con su hermana y su madre, artista del fumar: «La recuerdo con su pitillera dorada, ofreciendo sus cigarros en un gesto precioso».


«La prohibición de fumar es muy difícil para mi generación. Todos los escritores que me gustaban como Albert Camus, André Malraux o Sartre tenían su pitillo. Para mí, el fumar siempre acompañaba al trabajo intelectual». Y aunque en toda la conversación no hace apología del tabaco, ni siquiera amagando con salir a fumar, la melancolía del humo la lleva a recitar las palabras de su amigo Ramón Gómez de la Serna: «En París era pipa y no hombre». Paladea la frase como un buen cigarrillo y continúa. «Veía a Ramón paseando por la noche a orillas del Sena entre los puestos de libros, un cementerio que resucitaban a la mañana siguiente». Cuando los intentos por definir Mis ceniceros parecen agotados, aparece con este recuerdo la idea del epitafio que Delay se apresura en negar. «Creo en la resurrección y estoy convencida de que lo haré como les pasa a los pitillos cuando se acaban, te fumas otro y resucitan. Así seré yo, volveré».



Entrevista a Florence Delay, autora de Mis ceniceros, en El País, 31/03/2011.

Foto de Uly Martín.



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