BLOG DE LA MEDIAPÁGINA

Jueves 19 Mayo 2011

Saphia Azzeddine sorprende
con una ópera prima sobre una joven pastora bereber que se prostituye


Confesiones a Alá
es un testimonio implacable sobre cómo viven las mujeres aún en el siglo XXI



Confesiones a Alá
ha dado la vuelta a Francia por medio del boca a oreja. ¿Quién se ha atrevido a escribir un texto tan llamativo, el de una joven pastora bereber que mientras se prostituye confía sus pensamientos nada más y nada menos que a Dios? Esa joven arriesgada se llama Saphia Azzeddine (Marruecos, 1979) y, en cuanto salga en unos días en España Confesiones a Alá editado por Demipage, es muy probable que en poco tiempo se encuentre en la lista de los más vendidos.


De padre marroquí y madre normanda, Saphia Azzeddine vivió su infancia en el sur de Marruecos, para luego trasladarse con su familia al norte de Francia, cerca de la frontera con Ginebra. Esta escritora con talento y orgullosa de sus orígenes no se calla lo que lleva dentro. ¿Quién se lo inculcó? Su padre. De hecho, le dedica esta primera novela «Él me ha enseñado a hablar sin tabús, sin tener miedo de las palabras».


Su vida nació de esa confrontación entre dos mundos. Azzeddine explica «Yo misma vengo de dos culturas, la francesa y la marroquí y de diversos medios sociales. He crecido en Agadir en un medio privilegiado para luego marcharnos a Francia. En Marruecos era como una princesa, en Francia de lo más pobre». Y de ese contraste nace la novela. «Sí. Yo tenía en mi mente una imagen muy clara de una chica joven que vive en una miseria negra y de una maleta en la que aparece escrito Adoro a Dior». Luego, Zaphia Azzeddine no pudo quitarse la historia de la cabeza y se pasó los siguientes tres días y tres noches escribiendo sin parar hasta que tuvo unas cien páginas.


Confesiones a Alá
empieza siendo primero un guión cinematográfico, hasta que unos meses más tarde, Azzeddine lo convirtiese en novela. También es un texto teatral, se ha representado con un éxito rotundo en Aviñón, en París y se ha visto ya en otros teatros de Europa.


La historia es la de la pastorcilla Jbara que vive en las montañas bereberes del Norte de África, se hace prostituta para huir de los maltratos a los que se ve sometida. Empieza trabajando de mujer de la limpieza hasta decantarse, poco a poco, por el mundo de la prostitución de lujo, los narcotraficantes y la cárcel. En sus múltiples experiencias, la protagonista tiene un confidente que choca con la manera con la que se gana la vida, Alá. «Siempre he hablado mucho con las prostitutas en Marruecos, –cuenta Azzeddine– incluso antes de tener la idea de escribir un libro sobre ellas. Lo que más me desconcertaba es que fueran putas de noche y musulmanas practicantes de día. Me impresionaba que estas chicas se confiaran a Dios de esa manera y con tanta fe».


Y así es su personaje. Una joven sin recursos que consigue salir del agujero en el que ha nacido gracias a su inmensa fe. Hace de Dios un amigo que le acompaña en sus experiencias existenciales. También vive el castigo divino cuando se le ocurre rechazar la propuesta de matrimonio de un jardinero y Jbara lo rechaza. Al poco tiempo, meten a las prostitutas en la cárcel y los ricos se salvan. Sin embargo, la muchacha no se enfada con Dios por la condición en la que la hace vivir. En un momento dado le cuenta que si ella hubiera nacido entre los ricos, jamás se hubiera hecho prostituta. En la novela, explica la escritora «Jbara no se rebela contra Dios que para mí no tendría ningún sentido. Sino que es su fe y su lucidez lo que le hace rebelarse contra los hombres. Es una estupidez tratar de retar a Dios. No se está seguro de nada en esta vida».


A través de la novela se desenmascara la falta de sentido que tienen las normas a las que están supeditadas las mujeres en los países musulmanes. Un testimonio implacable sobre cómo se las hace vivir, aún en el siglo XXI. Jbara es esa voz de rebeldía y de esperanza que, a través de la autentica fe y amor a Dios, alcanza la libertad.


El Cultural, 09/05/2011.
Foto: SIPA.

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Viernes 13 Mayo 2011

Confesiones a Alá, de Saphia Azzeddine, en el suplemento La Pérgola del periódico Bilbao, mayo de 2011.

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Jueves 12 Mayo 2011

Confesiones a Alá, de Saphia Azzeddine, ya en las librerías.

Adjuntamos algunos enlaces de prensa sobre Confesiones a Alá:

El Cultural, 09/05/2011.
El Cultural, 28/04/2011.
El Periódico de Aragón, 17/03/2011.
Revista AR, mayo de 2011.
Woman, mayo de 2011.
Divertinajes.
Informativos Telecinco, 7/05/2011.
Qué, 7/05/2011.
ADN, 7/05/2011.

Algunos vídeos de Saphia Azzedine:

En inglés:

Saphia Azzedine, confiding in Allah.

En francés:

Programa On n'est pas couché, 16/10/2010.
Entrevista a Saphia Azzedine sobre Confesiones a Alá.
Lectura de Confesiones a Alá.

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Lunes 18 Abril 2011

Entrevista a Florence Delay, autora de Mis ceniceros, en La Vanguardia, 17/04/2011.

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Miércoles 13 Abril 2011

La siesta de M. Andesmas, de Marguerite Duras, en Babelia, 02/04/2011.

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Lunes 11 Abril 2011

Farolito y los seres invisibles, de Issa Sánchez-Bella y Catherine François, en Quimera, abril de 2011.
Reseña de Juan Gracia Armendáriz.

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Lunes 11 Abril 2011

La siesta de M. Andesmas, de Marguerite Duras, en el suplemento La Pérgola del periódico Bilbao, abril de 2011.

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Jueves 7 Abril 2011

Martes 5 Abril 2011

Mis Ceniceros, de Florence Delay, en El Periódico, 5/4/2011.

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Martes 5 Abril 2011









Retrato con humo

La académica de la lengua y exactriz francesa Florence Delay publica el libro Mis ceniceros. El texto reúne sus recuerdos sobre el uso del tabaco.


Es un perfecto ejemplo de ese humanismo que durante años ha sido el bien más preciado de la cultura francesa. Florence Delay (París, 1941) empezó como actriz de cine –nada menos que la Juana de Arco en la película de Robert Bresson– y de teatro –con el director de escena Jean Vilar, otro monstruo–. Entre muchas vidas posibles eligió la de la escritura –narrativa, teatro y guiones de cine– y siguiendo los pasos de su padre, el escritor y
académico Jean Delay, es hoy una de las cuatro mujeres que forman parte de la Academia Francesa y una notable hispanista.


El muy afrancesado sello Demipage ha publicado Mis ceniceros, una delicada pieza de orfebrería en la que Delay traza un impresionista retrato de sí misma al ritmo sincopado y efímero de los cigarrillos que ha fumado y de su rastro de ceniza. «El tabaco es una excusa para saltar de tema en tema a través de una forma fragmentaria, en párrafos breves que duran lo que un pitillo. Este tipo de composición es delicado porque requiere una calculada ligereza, que se pierde irremisiblemente si se ponen dos o tres palabras de más», explica.


Lejos de ser una defensa del tabaco, intenta más bien convertirse en un réquiem a un estilo de vida que ya no existe: «Ahora un cigarrillo se ha convertido en algo repulsivo. Pero yo he querido acercarme a la sensación de fascinación que, por ejemplo, despertaba en mí cuando de pequeña veía a mi madre fumar en boquilla. Una belleza que estaba también en el hermoso diseño de los paquetes de cigarrillos, de la bailaora de los Gitanes...».


«Fumar puede matar» se advierte. Demasiado prosaico para Delay. Ella guarda como un tesoro una pitillera que compró en México, un dibujo de Diego Rivera que reproduce la muerte, un esqueleto emplumado y sonriente, junto a Frida Kahlo. Es el memento mori (recuerda que has de morir) que siempre lleva encima. «Con el argumento, loable, de proteger a los ciudadanos se ha acabado también con una forma de vida. La ley ha sustituido a la conciencia».


Evocando momentos


El humo le sirve también a la señora académica para remontarse por sus recuerdos. Como aquel día en el que vio a Hemingway con un notable habano en la plaza de toros de Bayona –ciudad de la que su abuelo era alcalde– aquel verano sangriento en el que seguía el duelo Dominguín-Ordóñez. O el pique entre François Mauriac y su padre –fumador empedernido de los Gitanes de marras– a cuenta de sus respectivas nieta e hija, ya que ambas habían participado en sendas películas de Bresson, pero solo Delay encarnaba a la santa nacional, un papel de mayor enjundia. O aquel momento en que el gran poeta René Char, amigo de su madre y consumidor de unos cigarrillos que se apagaban continuamente, le regaló las obras completas de Federico García Lorca animándole: –Anda, traduce lo que amas–, sellando así su amor por la lengua castellana.


Ese amor le llevó, a traducir a Gómez de la Serna, que siempre fumaba en pipa. «Vengo a España y digo que mi autor español preferido es Gómez de la Serna, a quien aquí tienen prácticamente olvidado, y me miran como si fuera una marciana». Por eso Delay hace prometer que su querido escritor aparezca en este texto. Sea.


El Periódico de Extremadura, 05/04/2011.


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